Mar 31, 2010

Split and Join files Linux

First we need a compressed file,
tar -cvvzf file.tar.gz file.something
Now, we split the compressed file,
split -b 10M file.tar.gz "prefix_here"
(parts of 10 megas with the prefix "prefix_here")

To join the parts:
cat "prefix_here"* > file_joined.tar.gz 
And thats all! :)

Mar 29, 2010

Como escuchar la rock and pop desde Ubuntu

La opción mas conocida es bajarse el plugin para firefox de moonlight... (cosa que hice y no me funcionó)...
La segunda opción es, instalar mplayer y en terminal cargar la direccion con mplayer.
 ie: mplayer mmsh://streaming.fmrockandpop.com/rockandpop?MSWMExt=.asf
(gracias darío que me pasó la solución! me cago en ms!)
Chupate esta mandarina MS!! :D
Sino desde Vlc desde este post
Update(7/3/12)

La nueva url es: mmsh://200.89.168.10:80/audio959-rockandpop?MSWMExt=.asf



Mar 28, 2010

Elemental Trio

Elemental Trio, es la búsqueda de un sonido fundamental, que conecta imágenes y climas en un espacio musical íntimo, donde cada guitarra explora desde sus influencias los sentidos del espectador…
El grupo se formo en el año 2009 en la ciudad de Córdoba.
Esta integrado por Juano Maldonado (12 Strings Guitar y Voz) Fran Parra (Guitarra Acústica y Voz) Cristian Romero (Guitarra Eléctrica, Efectos y Coros)
Actualmente se encuentra trabajando en la composición de su primer disco, que va a recorrer los distintos estilos e influencias que tienen como punto en común la música Afroamericana y algunas pequeñas reseñas a las raíces folklóricas.
Home of Elemental Trio

Mar 27, 2010

Full HD vs HD Ready

Es curioso observar que, de pronto, la resolución que está de moda es la Full HD (1.080 líneas de resolución horizontal). Es verdad que incluso nosotros, desde esta revista, hemos incitado, en cierto modo, a buscar televisores y proyectores en dicha resolución, aunque, como mínimo, lo hemos hecho justo cuando el HD DVD y el Blu-ray (sin olvidarnos de la Xbox 360) han empezado a comercializarse en nuestro país. Pero también hemos observado cómo en las tiendas (especializadas o no) se ha incentivado la venta de televisores Full HD, llegando al extremo de ver modelos concretos de LCD de menos de 40” con una resolución nativa de 1.920 x 1.080 píxeles (como el Philips que analizamos en este mismo número). Las estrategias de venta en este caso pasan por frases lapidarias como que sólo con la Full HD uno puede ver absolutamente todos los detalles que ofrece la “verdadera” alta definición y que, en resumidas cuentas, la inversión superior que supone vale la pena.

¿Qué pasaría si ahora descubrimos que, en el caso de los televisores, esta mal llamada Full HD no es tan beneficiosa como nos parece? Mejor dicho, ¿realmente necesita un visualizador de 1.080 líneas en su caso concreto o puede ahorrarse una considerable cantidad de dinero si, en su caso, sigue apostando por lo asequibles paneles 720p?

Ya aviso que, en este artículo, sólo hablamos de resolución. Dejamos de lado por un momento otros aspectos decisorios de la imagen (y no menos importantes) como la relación de contraste, color, escala de grises, etc. El motivo es que, por el momento, un televisor de 42” de 720p vale casi la mitad que uno con la misma diagonal y 1.080p y, como veremos a continuación, a no ser que se cumplan ciertas premisas, decidir obviar los 720p puede suponer, en la práctica, perder bastante dinero.

Según un estudio de Displaybank, la tendencia generalizada a nivel mundial es apostar por los televisores de 40” de resolución Full HD (1.920 x 1.080), algo que supondrá, en el 2010, una cuota del 58%. Esto estará totalmente relacionado con la popularización de los formatos en alta definición HD DVD y Blu-ray. Además, a fecha de hoy, la consola Xbox 360 de Microsoft ya cuenta con casi 10 millones de unidades vendidas y los de Sony tienen una previsión de ventas de su PS3 que poco se diferencia de las de Microsoft de hace tan sólo un año. Aunque en nuestro país parece todavía un sueño, en el resto de Europa y, sobre todo, en Estados Unidos, la HDTV (la teledifusión en alta definición) es un hecho irrenunciable. En cualquier caso, el quid de la cuestión es que la alta definición pasa de ser un motivo de compra más a ser una premisa obligatoria.

Ya hemos discutido más de una vez en esta revista qué es realmente la alta definición. Acordamos que toda aquella señal de vídeo o resolución nativa que superase las 576 líneas (480 para el dominio NTSC) debía considerarse HD. Entonces, 720 líneas (el siguiente peldaño en la escalera evolutiva de la resolución) deben considerarse, y son, alta definición. Igual que las 1.080

líneas. Ha sido el mercado quien ha dividido, incomprensiblemente, las 720 y las 1.080 líneas. A las primeras, ahora, las llaman “HD Ready”, cuando esto certifica que un visualizador puede visualizar alta definición (mínimo, 720 líneas) y dispone de una entrada de vídeo digital (DVI o HDMI). A las segundas, 1.080, les apodan Full HD, que no es ningún estándar ni formato, sólo un “adjetivo” que tiene más base comercial que técnica. Ya lo vimos en un número reciente: todos los visualizadores de resolución nativa de 1.080 líneas siguen siendo “HD Ready” (si disponen, como es el caso, de una entrada de vídeo digital).

Olvidando de una vez este tema, el quid de la cuestión es descubrir a partir de cuándo la resolución de 1.080 líneas (y, por tanto, la superior inversión económica que supone) tiene sentido. Para descubrirlo nos hace falta, otra vez, estudiar nuestro ojo, en concreto, centrarnos en su agudeza visual.

Sabemos que la vagancia de nuestro ojo nos permite ver “imágenes en movimiento” ahí donde, técnicamente, sólo hay muchas imágenes estáticas. El cine de siempre, el de celuloide, lo sabe perfectamente y descubrió que proyectando tan sólo 24 imágenes fijas por segundo los humanos percibiríamos una imagen en movimiento. Sólo les faltó mejorar el parpadeo, algo que solucionaron proyectando dos veces cada fotograma. Pero, ¿qué detalle tiene nuestro ojo? ¿Hasta dónde es capaz de percibir un punto o una imagen?

Agudeza Visual
Los que tengan carné de conducir habrán realizado una prueba de agudeza visual: leer unas letras de un cartel situado a cierta distancia. Este conocido cartel se llama carta Snellen. Estas letras tienen un tamaño determinado y el objetivo es saber hasta dónde llega nuestra agudeza. Se considera vista normal cuando el paciente es capaz de leer sin dificultad (y sólo con uno de los ojos) una de las filas de esa carta que corresponde, justamente, con la capacidad de distinguir puntos (o líneas separadas) por un ángulo visual de 1 minuto de arco (1º). Este dato es importante para definir qué resolución necesitamos para convertir una serie de puntos (píxeles) en una imagen en nuestro cerebro. Entonces, a una distancia determinada (que ahora no definimos), un ojo sano no percibirá píxeles si éstos tienen un tamaño algo inferior a 1º. Una vez definido el tamaño de píxel necesario, entenderemos que cualquier intento de meter más píxeles en ese mismo espacio es irrelevante. El coste económico se dispara para obtener un mismo resultado.
Caso Práctico
Hagamos un caso práctico. En nuestro hogar sabemos qué distancia hay entre el sofá (o punto de visionado) y el televisor. Esta distancia suele ser fija, ya que pocos son los que varían esta distancia en función del televisor adquirido. Supongamos, también, que el nuevo visualizador tendrá una diagonal de 42”. ¿Cuál es la resolución estandarizada que mejor definición/precio obtenemos?

Existe una sencilla fórmula que nos facilita el resultado: multiplicamos por 3.000 la diagonal (en 16:9) del visualizador y dividimos el resultado por la distancia entre el punto de visionado y el visualizador. El resultado es, justamente, la resolución horizontal que corresponde a nuestra agudeza visual (las distancias deben calcularse utilizando la misma unidad, o pulgadas o cm). Así, a 2,5 m de distancia y para un visualizador de 42” (107 cm), la resolución horizontal resultante es de 1.280,16 píxeles. Entonces, cualquier persona que tenga un televisor de 42” a 2,5 m de distancia sólo podrá ver 1.280,16 puntos en horizontal, es decir, verá lo mismo con un televisor de 720p (1.280 x 720) que con uno de 1.080p (1.920 x 1.080). Si calculamos qué distancia necesitaríamos para poder distinguir una diferencia notable entre un televisor 1.080p y otro 720p, deberíamos colocar nuestro sofá a tan sólo 1,67 m. ¿Quién quiere colocarse aquí?

Debemos tener en cuenta que no estamos calculando qué diagonal debemos elegir en función de nuestro punto de visionado. Siempre hemos apostado que la elección de la diagonal no tiene por qué reglarse, ya que depende mucho de la percepción de cada persona. Siempre utilizamos el mismo ejemplo: en un cine comercial hay gente a la que le gusta sentarse lo más delante posible, mientras que otros prefieren las zonas más alejadas. Existe un estándar más o menos coherente que define que el ángulo que debe formar el espectador con el ancho total de una pantalla en panorámico debe ser, como mínimo, de 30º, aunque, insistimos, no existe ningún impedimento que obligue a un ángulo mayor o menor.

El objetivo, insistimos, es descubrir qué beneficios ópticos aporta un panel 1080p frente a otro 720p y hasta ahora hemos visto que para poder apreciar objetivamente esa mayor densidad de píxeles de un panel 1080p la separación entre el panel y el espectador debe reducirse considerablemente.

Proyectores
En el campo de los proyectores, los beneficios del 1.080 sí son más fáciles de conseguir. Una óptica de tiro corto puede permitirnos conseguir una diagonal bastante grande con retrasos ligeramente cortos. Una pantalla de gran diagonal (sin exagerar) y un espectador relativamente cercano demandará una mayor densidad de píxeles. Pero ¿hasta qué extremos? Realizando los mismos cálculos que en el caso del televisor, podemos observar que, para poder percibir bien las mejoras de un proyector 1.080p (1.920 píxeles en horizontal) a 2,5 m de distancia, la diagonal debe ser de 63” (160 cm), una diagonal que, en muchos casos prácticos, será sensiblemente superior. Si nos alejásemos a 3,75 m veríamos igual una imagen a 720p que a 1.080p (o deberíamos agrandar la proyección hasta las 95”.

No Todo es Resolución
La elección de un televisor o un proyector no debe centrarse únicamente en su resolución, sino que ésta debe convertirse en otro elemento decisorio más. Hay decenas de aspectos a tener en cuenta, como la relación de contraste, el brillo, el procesado de vídeo, etc.

El motivo de este artículo viene dado por la repentina proliferación de paneles de 1.080 líneas de resolución que utilizan justamente esta mejora como elemento de venta indiscutible. Pero el problema está en que, hoy por hoy, un visualizador de 1.080 líneas tiene un coste superior a su homólogo de 720 líneas, por lo que vale la pena tener un argumento objetivo que nos permita evaluar con toda seguridad si el sobrecoste tendrá o no justificación en nuestro caso. Por otro lado, suele ser común que toda tecnología nueva conlleve la inclusión de varias mejoras. En el caso de los visualizadores de 1.080 líneas, se incluyen nuevos procesados de vídeo o paneles de conexión todavía más completos a los estándares del momento, por lo que el sobrecoste puede suponer un beneficio generalizado. Todo es cuestión de ponderar las prestaciones en global. Asimismo, lo que sucede con el visualizador también sucede con la resolución nativa de las imágenes. Los nuevos soportes Blu-ray y HD DVD permiten ofrecer hasta 1.080 líneas reales de resolución y uno puede pensar que conseguirá una mayor calidad de imagen sólo si utiliza un visualizador de 1.080 líneas. Imaginemos un caso radical: un espectador que está situado a 3 m de distancia de su televisor de 32” panorámico. Según los cálculos que hemos enunciado, percibirá igual una película en DVD-Video que la misma en su versión HD (sea Blu-ray o HD DVD). A esta persona, si no quiere cambiar de televisor (léase, diagonal) ni modificará su distancia de visionado, le saldría más a cuenta seguir comprando películas en DVD-Video y seguir utilizando un lector de DVD-Video sin escalador, puesto que, por mucho que escale la señal de vídeo, siempre percibirá la misma imagen.

Conclusión
Una de las maneras de conseguir una mejor relación calidad/precio es reduciendo las prestaciones de un producto a las necesidades de cada uno. Los actuales paneles de 1.080 líneas son lo último del mercado y tienen un coste superior a los ya estandarizados de 720p. En este artículo hemos visto que, muchas veces, este sobrecoste puede resultarnos inútil puesto que nuestra agudeza visual no será capaz de resolver con eficiencia esa mayor densidad de píxeles. Hemos encontrado una sencilla fórmula que nos permitirá descubrir qué resolución es la más adecuada en cada caso. Asimismo, si en un futuro los precios son semejantes lo mismo dará tener uno u otro panel. Para finalizar, voy a incidir de nuevo en que no todo es resolución y que, en el caso de los visualizadores (televisión o proyector) hay decenas de aspectos más a tener en cuenta. Y tú, ¿necesitas Full HD?"



Este artículo fue copiado y pegado de  septimo arte foro que a su vez ellos lo copiaron de revistacec

Mar 8, 2010

Growl for X in {Windows, Macosx, Unix}

Growl is a global notification system for the Mac OS X and Windows operating systems. Applications can use Growl to display small notifications about events which the user deems important, in a consistent manner. This allows users to fully control their notifications, application developers to spend little time creating notifications, and Growl developers to concentrate on the usability of notifications.
Growl includes bindings for developers who use the PHP, Objective-C, C, Perl, Python, Tcl, AppleScript, Java, and Ruby programming languages, and comes with multiple "display plugins," providing different styles for presenting the notifications.
The Growl Project website has a list of applications that support Growl, either inherently or through add-ons.
Plugins or scripts exist to add Growl notifications to iChat, Mail, Thunderbird, Safari, and iTunes (GrowlTunes).

(Growl for Windows,Mac Os X or Unix)

Mar 7, 2010

EL experimento

El 12 de enero del año 2007, un joven vestido con una remera de mangas largas, jeans y usando una gorra con los colores de un equipo de béisbol de los Estados Unidos llegó a una estación de subte de la ciudad de Washington. Bajó algunos escalones y se ubicó al lado de un tacho de basura. Llevaba una caja pequeña. La abrió y sacó de ella un violín.
Apoyó la caja en el piso. Tiró él mismo algunas monedas y unos pocos billetes para usarlos como “invitación” a los transeúntes. Sopló un poco su instrumento para sacarle el polvo y se dispuso a... “tocar el violín”. Era viernes, alrededor de las 8 de la mañana. La estación hervía de gente, apurada por llegar a sus trabajos.
El joven ejecutó seis obras de música clásica. En total, de acuerdo con los que “monitoreaban” la situación, en casi 43 minutos pasaron por el lugar 1097 personas.
La elección de la estación no fue casual. Su ubicación podría haber sido el equivalente de nuestras Florida y Corrientes o Perú y Avenida de Mayo. La mayoría de los pasajeros era de clase media, empleados bancarios o que trabajaban en el medio de la city.
Cada uno de los transeúntes, como les habrá pasado alguna vez a usted y a mí, tuvo que tomar algunas decisiones:
* ¿me paro y escucho?
* ¿tiro algunas monedas?
* ¿camino rápido con la idea de evitar la culpa?
* ¿ignoro todo absorbido en mi propio mundo?
* ¿si la música es buena... dejo algún dinero?
* ¿y si es mala, cambia en algo mi determinación?
* ¿me tomo algún tiempo para disfrutar de la belleza?
* ¿me muestro fastidiado, condescendiente, abrumado?
* ¿o no muestro nada?
La lista de preguntas podría seguir. Usted agregue las suyas.
Mientras tanto, yo sigo. Lo que figura acá arriba es una adaptación mía de un artículo de Gene Weingarten que salió publicado el 8 de abril del año 2007 en The Washington Post. Pero hasta acá, ¿qué tendría de “distinto”? ¿Por qué habría de llamar tanto la atención que haya un señor tocando un violín en una estación de subte? ¿No es acaso el paisaje con el que tropezamos desde siempre o, mejor dicho, desde que se inventaron los subtes?
No. En este caso, hay una diferencia. El muchacho de jeans y remera de manga larga era Joshua Bell. Quizás a usted ese nombre no le diga nada. En todo caso, si le importa, a mí tampoco me decía nada (lo cual demuestra cuán alejados estamos, usted y yo, de tener cultura musical).
Pero Bell era, ya en ese momento –hace tres años–, uno de los mejores violinistas del mundo. No sólo eso: las seis piezas que eligió son de las más difíciles de ejecutar aun para los más expertos. Como dice Weingarten, el autor del artículo que salió en el diario norteamericano, “muchos lo intentaron, pero sin éxito”.
Aún hay más: el violín que usó Bell fue un Stradivarius cuyo valor está estimado en tres millones y medio de dólares. Sí, como leyó: tres millones y medio de dólares.
Aquí me veo ya en la obligación de invitarlo a participar de EL experimento. La idea surgió en la redacción del Washington Post. Consistía en testear la reacción de la gente frente a algo descomunalmente bello, pero “fuera de contexto”, para tratar de entender la percepción y prioridades que tenemos. Es decir, ¿puede uno decir que frente a una situación de ese tipo reaccionaría deteniéndose y valorando lo que se le ofrece gratuitamente?
Joshua Bell nació en Bloomington, Indiana. Fue en diciembre de 1967. Y desde muy niño –como suele suceder en estos casos– se destacó como alguien diferente... al menos para tocar al violín. Pero el experimento del Washington Post los trasciende a todos: a Bell, a Stradivarius, a Bach y a todos los humanos involucrados en la puesta en escena. En todo caso, nos expone tal como somos.
Bell no eligió música conocida que fuera atrapante por lo conocida. Venía de tocar en Boston, llenando el equivalente de nuestro Teatro Colón, con entradas que costaban por lo menos 100 dólares. Es decir, el público que por allí pasó, esas más de mil personas, tuvieron oportunidad de escuchar la mejor música del género, ejecutada por uno de los mejores exponentes humanos para hacerlo y con uno de los instrumentos más valiosos que existen sobre la Tierra.
Usted ¿qué cree que pasó? ¿Qué supone que hizo esa muestra de la sociedad que salía de esa estación? Eran personas como usted o como yo. ¿Se podrá extrapolar y pensar que lo que sucedió allí es lo que pasaría en cualquier estación de subte del mundo? ¿Qué hubiera hecho usted?
No me lo diga a mí (igualmente no podría escucharlo), pero piénselo con franqueza y fíjese en cómo reaccionó cada vez que se enfrentó con una situación de ese tipo (alguien tocando el violín o algún instrumento en una estación de tren o de subte).
Cuando a Bell le ofrecieron hacer el experimento, le dijeron que la idea era evaluar si, fuera de contexto, la gente común sería capaz de reconocer a un genio. Bell no dudó en aceptar, pero puso una sola condición: no quería que apareciera esa palabra, genio. Y en realidad, si uno lo piensa, es ciertamente irrelevante.
Pero no me quiero escapar de los datos que se obtuvieron. En los casi tres cuartos de hora que duró el experimento, solamente siete personas se detuvieron para escucharlo al menos durante ¡un minuto! Veintisiete depositaron algún dinero, la mayoría apurada y sin parar y en total, al finalizar su actuación, había recolectado 32 dólares. Eso resume lo que hicieron durante ese lapso las 1097 personas que circularon por el lugar. O puesto de otra manera, 1070 de ellas no tuvieron tiempo para apreciar la belleza de lo que tenían por delante.
Obviamente, yo no voy a ser quien saque las conclusiones. No sólo porque no estoy en condiciones, sino porque no sabría qué conclusiones sacar. Pero sí tengo preguntas.
Este experimento, ¿dice algo sobre cómo somos?
¿Se puede inferir algo de él?
¿Hubiera pasado algo distinto si en lugar de haber sido en Washington hubiese sido en Buenos Aires o París?
¿Necesitamos que alguien nos tutele, nos diga “esto es lindo”, “esto es excepcional”, etc., para poder apreciarlo?
¿Cuánto de lo que opinamos es porque estamos “hablados” desde afuera, influenciados por lo que piensan otros?
¿Tiene que ver con que haya sido algo referido a la música, y muy en particular la música clásica?
¿Entrará en juego que la gente que pasaba por allí iba apurada a su trabajo y tenía citas a las que no podía llegar tarde?
Pero, si ésa fuera la explicación, ¿se hubieran detenido si quien estaba en el lugar de Bell hubiera sido Messi, haciendo jueguito con una pelota, o Ginóbili tirando al aro?
¿De qué depende? ¿De la popularidad? ¿De la fama?
¿Y cuánto hay de la oportunidad que se nos da a los humanos para distinguir lo que es bueno de lo que no?
¿Tiene acaso que ver con el poder adquisitivo?
¿Con la “cultura” adquirida?
¿Y la valoración de “lo bello” por encima de haber concurrido a cualquier escuela?
Quiero terminar acá, pero con una invitación: no se quede con nada de lo que yo escribí... siga pensando por su cuenta. ¿Qué hubiera hecho usted? O si eso no le resulta interesante, quizá le parezca valioso aprender a entender un poco más “cómo somos...” si es que “somos” algo tan uniforme. Su turno.
* El artículo original de The Washington Post puede encontrarse en http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2007/04/04/AR2007040401721_pf.html